Cómo condenas a la sociedad que
tienen mil nombres, mil culpables, pero no tiene rostro propio. A ella que te
pone el arma en la mano, aprieta el gatillo por tí, pero diciéndote
constantemente al oído, no dispares, no es bueno, no a la violencia.
Cómo condenas a un héroe
entrenado por esa sociedad que no puedes condenar. A ese héroe que nadie lo
conoce como tal, pero más que vivir, sobrevive. Lucha en una guerra constante,
obligada, sin armas, sin defensa, sin entrenamiento, casi sin amigos. Invisible
para los que deberían protegerlo, pero muy visible para sus enemigos que son
sus mismo protectores.
Cómo condenas a esa sociedad que
a su héroe invisible llena de hambre, dolor, impotencia, rabia, de armas
caseras sin seguro, obligándolo a sobrevivir así, sin derecho a hablar, sin
fuerza. Transformándose ella, la sociedad, en su maestro y juez, su familia y
verdugo.
Cómo condenas a ese héroe sin
registro y sin escudo, que se defiende todos los días, pues no tiene de otra.
Cuando ataca, lo hace sin control, la sociedad le llenó de balas, le financió
la pistola sin seguro, le sostuvo el gatillo, haciendo que su educación sea su
misma condena; la brutalidad de los golpes.