Recorreríamos los bosques, arroyos, ríos y
saltos... No los asfaltos llenos de tráfico y calor desesperante...
No habría territorio, sólo tierra, árboles,
frutos, sombras y viento, sentiríamos con los pies descalzos la tierra, el agua
y no el caliente e incómodo zapato...
No nos preocuparía la hora de levantarnos ni
de dormir, sólo ver el sol salir por la mañana y entrar por la noche...
No nos preocuparía la luz, ni el agua, pues
sobraría para beber, no la ensuciaríamos al bañarnos, en la noche la luna y las
estrellas se turnarían para mostrarnos lo que no podemos ver...
No necesitaríamos ir a la escuela, tampoco a
la universidad, porque aprenderíamos todos los días escuchando, viendo,
sintiendo...
No sabríamos qué es el dinero, las cuentas, ni
las deudas... No importaría quien tiene más o menos, quien viste mejor o no
viste... Porque no tendríamos nada, y tendríamos todo, y seríamos consciente de
ello...
Pediríamos perdón por cada ser vivo al que le
quitaramos la vida para comer, y no necesitarían morir tantos...
No habría diluvio que inunde las calles,
ahogue a varios, mate a muchos y evidencie lo mal que estamos, porque la lluvia
seria música al caer, rebotar en cada hoja de cada árbol, y abrigo al
cubrirnos...
No habrían tantos ciegos, ni mutilados hasta
de la conciencia, no moriríamos de dengue, infección intrahospitalaria, menos
de cáncer, paros cardíacos o accidentes de transito... Moriríamos menos, el
suicidio no sería una buena idea...
No tendríamos que ver lo que no queremos ver,
como la muerte de un pobre y su sangre en pleno almuerzo, un asalto repetitivo
o el Joven que mató a quién sabe quién, mucho menos las novelas sin utilidad...
No tendríamos que preocuparnos por pensar qué
seremos cuando seamos grandes ni qué haremos de nuestras vidas, porque cada
día, cada momento, cada silencio y cada sonido sería más importante que el
futuro...
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